La seta lerenda

Muchas de las situaciones y personajes descritos en Chica de Hojalata suelen ir encaminados especificamente a un sexo determinado. Pero en este caso, he de decir que es perfectamente aplicable a hombres y mujeres de cualquier clase y condición. Seguro que incluso si miráis alrededor, encontráis a algún ser que encaje con el perfil de este hongo social.
La seta lerenda no tiene sangre. Lleva mosto calentorro en las venas. Camina encorvada, y suele mirar a través de unos ojillos llenos de apatía y sospecha a partes iguales. Son anodinos. Nadie se fija en ellos atraído por su aspecto físico o por su gran conversación, básicamente porque carecen por completo de esta última.
Tienen una vocecilla incómoda, desvahída, como si estuvieran a punto de expirar. De hecho, cuando estás a su lado no puedes evitar prestar atención por si escuchas algún estertor moribundo. Tienes el firme convencimiento de que nadie puede sobrevivir con tan poca vida en su interior. Se mueven a paso cansino, al borde del desvanecimiento, y podrías afirmar sin temor a equivocarte que sus amigos -si los tienen- y familiares saben las maniobras primordiales de reanimación cardiopulmonar. Parecen estar a punto de evaporarse en la estratosfera.
Por supuesto, su apatía rayana en lo enfermizo tiende a ser contagiosa. Salir con ellos es el antídoto a una buena noche de fiesta y risas. Son el muro en el que se estrellan todas las bromas, todas las gracietas y todas las tonterías. Son la masilla que envuelve las carcajadas hasta convertirlas en silencios amorfos. Por las buenas no funcionan, y por las malas son peor aún. No pruebes a intentar picarlos o a provocarlos, su carencia absoluta de sangre en sus venas hará que sean incapaces de responder algo más ingenioso que un encogimiento de hombros. Y la gente con temperamento suele encontrar estas contestaciones tirando a enervantes. Por mucho que les grites, por mucho que los zarandees, por mucho que intentes extraer de ellos la más mínima emoción, sólo te encontrarás con una desesperante indiferencia y una parsimonia insana.
Desquiciantes.

Es verdad, son desquiciantes a más no poder, y tu primera impresión es la correcta (son incapaces de sorprender!)