El cliente ‘gracioso’

Hay personas que puedes juzgar fácilmente por cinco minutos de conversación. Y no te equivocarás, porque si la impresión que te han dado es de ser completamente estúpidos o incluso de ser honrosos poseedores de algún gen determinante de enfermedad mental, estarás más que acertado. Básicamente, son gilipollas.
En mi trabajo lamentablemente me ocupo de atender algunas llamadas. Cosa que no entiendo, porque soy programadora, y cualquiera que haya tirado dos líneas de código sabe que interrumpir lo que estás haciendo repentinamente es causa directa de que luego tardes más en retomar el hilo de tu tarea que lo que tardaste en saber cómo resolverla. Pero quejas laborales aparte, intento llevarlo lo mejor posible. Un poquito de ajo, un culín de agua y unos gramos de resina hacen maravillas.
Lo malo es cuando tienes que tratar con seres como el que ha venido hoy a regalarme su presencia.
Entra como una exhalación, y sólo por la sonrisa bobalicona que trae en la cara puedes deducir que no tiene demasiadas luces. No se presenta, por supuesto, ya que todo el mundo debería saber su nombre, y muy alegremente y sin ser cliente de mi empresa, afirma que su problema tiene que estar solucionado antes del jueves. ¿Respuesta por mi parte? Que no me voy a comprometerme lo más mínimo porque no es mi tarea, y no puedo hablar por mis compañeros sin saber qué agenda tienen estos días - máxime porque no trabajamos por la tarde -. Vuelve a repetirse, a insistir, y ante mi negativa educada pero firme, me pide el teléfono de mi jefe - teóricamente lo conoce - y tiene la desfachatez de llamarle delante de mí para comentarle el asunto y referirse a mí como “su secretaria“. A lo que, rauda y veloz y más venenosa de lo que planeaba, se me escapa un “yo no soy secretaria. Yo soy programadora”. Y el “gilipollas” se me ha quedado entre los labios.
El gracias en cuestión, desbordante de ingenio y camaradería, me explica lo que ha traído en una mochila de propaganda sin que yo le haga el menor caso. Glacial, le despido cuando se va sin ni siquiera mirarle.
Este estilo de cliente machista y estúpido, que se cree taaaan simpático y tan jovial, y que se permite la licencia y la poca educación de referirse a una persona de esta manera, abunda por desgracia en el mundo laboral. Son seres que se creen con derecho a exigir sin pagar y a gastar bromas sin confianza alguna. Son los que miran por encima del hombro porque seas mujer, los que se creen los más graciosos por hacer chanzas a tu costa y los que, por ser joven y fémina, se consideran con derecho a tratarte como les apetezca.
En definitiva, un imbécil recién salido del pleistoceno.
Mi alma. Qué bien me he quedado.

Realmente ese tipo de gente merece arder en el infierno.
Ese, los funcionarios ineptos, y la gente que, en general, cree que tienes el mismo tiempo para perder que ellos. O ganas de aguantarlos, que es peor.
Muerte al cliente imbécil!
(aunque tengo que decir que casi peor es el cliente-Orco, de esos tengo un par por aquí…)